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Hace unos días,
algunos de los más
afamados cocineros
españoles estuvieron
en Haichi (Japón)
para ofrecer algunas
clases culinarias
magistrales; las
crónicas cuentan que
alcanzaron un
rotundo éxito con
sus demostraciones,
que sedujeron a los
japoneses. Una
iniciativa loable,
como tantas otras en
el mismo sentido que
últimamente se
realizan.
Ciertamente, se
corre el peligro de
que en el extranjero
se identifique la
cocina española con
esta cocina de
vanguardia, de
creación, de autor,
ya que incluso los
platos que podrían
considerarse de
alguna manera
'tradicionales' eran
realmente creaciones
personales sobre
productos usados en
el recetario
tradicional. Pero no
importa.
El hecho es que se
está dando una
imagen, por fin, de
modernidad
culinaria; puede que
a muchos les parezca
hasta demasiada
modernidad, pero
siempre será mejor
esto que el tópico.
La cocina española
nunca ha tenido una
gran imagen en el
exterior, y eso
ocurre, por lo
menos, desde el
Siglo de Oro, a
juzgar por las
narraciones de los
viajeros
extranjeros.
Cocina pesada,
grasienta, austera,
invadida de ajo,
pimentón y aceite...
Esa era la imagen
general, muy alejada
de la mucho más
favorable que
tenían, y tienen,
cocinas como la
francesa y la
italiana, que
fueron, y mucho me
temo que siguen
siendo, las dos
cocinas europeas más
conocidas y
apreciadas mundo
adelante.
Los franceses basan
su prestigio en su
'haute cuisine',
pero también en su
maravillosa 'cuisine
du terroir', la
cocina popular, la
de las provincias,
que es la base de
toda gran cocina,
porque sólo quienes
están acostumbrados
a comer bien todos
los días en sus
casas son capaces de
comprender y apoyar
esa alta cocina que
se practica en los
mejores
restaurantes. El
hecho es que
cualquiera es
consciente de que en
Francia, se pare uno
donde se pare, tiene
muchísimas
probabilidades de
comer muy bien.
Los italianos han
hecho viajar su
cocina, la más
sencilla y limpia,
por todo el mundo.
Para ser más
exactos, la han
llevado consigo a
donde han ido, y hay
italianos en todas
partes. La facilidad
y baratura de la
cocina de la pasta
ha hecho que se haya
impuesto en todo el
planeta. El hecho es
que no debe de haber
ningún país en el
que no haya un
montón de
restaurantes
italianos, como no
lo hay donde no
ejerza un 'chef'
francés, o formado
en Francia.
La cocina española,
en cambio, no ha
sabido ni viajar ni
venderse bien fuera.
De hecho, los platos
españoles más
conocidos por ahí
adelante son la
paella -y, para eso,
¡qué paellas,
alucinantes!-, el
gazpacho y alguna
cosa más, como el
cochinillo asado que
todo guiri se
apresura a ir a
comer a Botín en
cuanto llega a
Madrid.
Hace unos años, un
hábito gastronómico
español tan
entrañable y propio
como el tapeo fue
descubierto por los
demás, y conoció
momentos de éxito,
que se prolongan
hoy, aunque en una
medida menor
cuantitativamente y
mayor
cualitativamente; al
fin y al cabo, uno
de los últimos
locales abiertos por
el gran Robuchon en
París es, en el
fondo y en la forma,
un 'bar de tapas' en
el que se exhiben y
consumen magníficos
ejemplares de un
producto español
bien conocido y
apreciadísimo en
todo el mundo: el
jamón ibérico.
Ahora paseamos por
el mundo a nuestros
cocineros
'estrella'. Con gran
éxito, además. Puede
ser el principio del
cambio de la opinión
que se tiene de
nuestra cocina; bien
es verdad que la
cocina española
durmió años de sueño
autocomplaciente,
como lo vivieron
casi todos los
productos de nuestra
despensa.
Porque es ahora,
hace nada, cuando
los vinos españoles
dan la cara en el
extranjero y
compiten con
etiquetas francesas
e italianas; hace
menos todavía que el
mundo sabe que en
España, y no sólo en
Italia, se elaboran
aceites de oliva de
altísima calidad;
empieza a saberse
que los españoles
saben hacer
magníficos
embutidos, hasta
ahora exclusiva,
también, italiana...
La cocina española,
pese a las
lamentaciones de los
eternos nostálgicos,
ha entrado
decididamente en la
modernidad, y se
luce fuera, incluso
quizá más que
dentro. La clave
está en que, por
primera vez, hemos
aprendido a cuidar
nuestros productos,
y ya nos atrevemos a
enseñar lo que
algunos grandes
cocineros son
capaces de hacer con
ellos. De hecho, ya
hay muchos viajeros
-europeos,
japoneses,
americanos...- que
vienen a España,
entre otras cosas, a
comer bien. Y lo
cuentan.
Que luego se
encuentre en muchos
restaurantes esa
cocina que se exhibe
fuera... es ya otra
cuestión. Pero
enseñando lo mejor
que tenemos creamos
expectativas que
aumentan el nivel de
exigencia, al que
hay que responder
con calidad; y eso
redunda en beneficio
de todos. También,
claro está, de los
clientes españoles.
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